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Los dos hermanos contra la serpiente. Por Enriqueta Lerma.

Esta historia fue narrada por Rosalía Buitimea, que para 2006, cuando me la contó, era una niña yaqui de catorce años. El tiempo ha pasado desde entonces, pero siempre recordaré con cariño la viveza que puso en este relato, a su vez escuchado en voz de su abuela. Es una de las versiones míticas que circulan entre la tribu acerca de cómo se formó la sierra del Bakatebe.

Los dos hermanos contra la serpiente[1]

Había una serpiente gigante que tenía azotados a los yaquis. Si tenía hambre salía de su cueva, se acercaba a la gente y la devoraba. Todos estaban muy asustados porque pensaban que iban a morir por su causa. Muchos guerreros habían querido matarla, pero no podían. Una vez que cruzaban la entrada de su escondite, no salían más. Las flechas rebotaban en su piel tan dura y perdían la vida por sus mismas armas. Entonces había dos hermanos muy jóvenes que vivían con su abuela. Estos, al ver las constantes derrotas, decidieron ir en su búsqueda. Tomaron un día sus arcos y sus flechas y le anunciaron a su abuela la decisión. Ella se puso muy triste. Los dos jóvenes le dijeron que ella sabría si estaban bien porque le dejarían como señal una vara de carrizo plantada en el piso, si el carrizo se secaba entonces significaba que habían muerto, pero si ésta se mantenía intacta entonces sabría que estaban vivos. Tardaron mucho tiempo en encontrar la cueva y la abuela en su casa comenzaba a desesperarse, pero se tranquilizaba al ver que la vara no se secaba. Finalmente llegaron al lugar donde vivía la serpiente. Los dos hermanos comenzaron a llamarla para que saliera, pero ésta no aparecía. Entonces uno de los hermanos se desesperó y se metió a la cueva. Apenas alcanzó a salir corriendo para avisar que la había encontrado dormida, pero la había despertado y estaba tras él. En cuanto la serpiente los vio los siguió enfurecida. Comenzaron a lanzarle flechas, pero éstas no se le encajaban en la piel. Entonces uno de los hermanos se acercó demasiado y fue devorado por la serpiente. La vara comenzó a secarse en la casa de la abuela y ésta se entristeció pensando que ambos habían muerto, pero como no se secaba por completo comprendió que uno de ellos seguía vivo. La abuela, contenta, se puso a cantar todos los días mientas volvía el nieto quedaba vivo. El joven sobreviviente estuvo esperando que el animal volviera a salir. Entre tanto, tomó su flauta de carrizo y se puso a tocar, pero se dio cuenta de que había pasado ya mucho tiempo, ¡y nada!, entonces descubrió que el sonido de la flauta hacía dormir a la serpiente. De ese modo entró a la cueva y la encontró dormida a causa de la música. Comenzó a lanzarle flechas, pero no lograba matarla por la dura piel. La serpiente despertó porque el muchacho había dejado de tocar. El muchacho huyó seguido por ella, pero cuando se dio cuenta que estaba por alcanzarlo comenzó a tocar la flauta mientras corría. El animal volvió a dormirse, pero otra vez tenía el problema de no poder matarla con las flechas y de no poder dejar de tocar, entonces preparó con una mano la flecha y el arco, mientras con la otra seguía tocando la flauta. Haciendo esto se puso justo enfrente del rostro de la serpiente y dejó de tocar de improviso, cuándo el animal despertó dio una gran bocanada para comerlo, pero entonces el joven, que ya tenía preparado el arco y la flecha, le disparó dentro de la boca. La serpiente murió al instante y se convirtió en piedra. Así fue como se formó la sierra del Bakatebe con su cuerpo, la cual termina en el cerro que lleva el nombre de Boca Abierta. Todavía está dormida y ahí sigue.

[1] Esta historia se encuentra en el libro El nido heredado. Estudio etnográfico sobre cosmovisión, espacio y ciclo ritual de la Tribu Yaqui, de Enriqueta Lerma.


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